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17 de Abril, 2010 · General

El ansia por un beso


“EL ANSIA POR UN BESO”

Autor: Ismael Clavero

 

Por sorpresa un día Marcelo, cuando se disponía a su diario ritual de la afeitada, mientras jugaba con la Prestobarba y la espuma, en su rostro poblado de recién nacidas púas de vello que acentuaban su virilidad y lo alejaban definitivamente de aquel rostro puro e inmaculado de niño; que en algunos años más, quizás añoraría. Se descubrió una roja y fulgurante mancha en su pómulo izquierdo.-Debo haberme dado un golpe sin querer- Se dijo. Frotó a la intrusa con una pomada para el acné- Con esto se me quitara- volvió a decirse.

Luego pasó el tiempo, y cuando ya ni recordaba a aquella intrusa. Una compañera del secundario le preguntó con cierta malicia- ¡¿Marcelo, quién es la afortunada que te ha dejado ese beso?!... Estoy segura que yo no he sido- Diciendo esto, mientras que con la lengua se humedecía los labios y la mirada le chispeaba con un deseo oculto.

-¡A mí nadie me ha besado, tarada!- Agregando con fastidio- Debés estar sonámbula- Diciendo estas últimas palabras, se alejó de su condiscípula rumbo al aula, donde pronto comenzaría la clase de botánica, dictada por la señorita Clelia. La cual al tomar asistencia al alumnado e ir estableciendo contacto visual con cada uno de ellos, deteniéndose ante Marcelo, le guiñó un ojo con complicidad ; diciéndole en voz baja:

- Pillo, te has olvidado de quitarte ese beso- Y se alejó haciendo ruido con su taconeo a dar sus aburridas clases.

El muchacho regresó esa tarde a su casa con un humor de perros. Sin decir un hola a sus padres, se alojó en el baño para contemplarse en el espejo; descubriendo horrorizado, que el rebelde beso fulguraba amenazante sobre su mejilla. Inmune a los efectos curativos de la pomada que el jovencito se había aplicado aquella mañana. Esta marca palpitante, parecía un tatuaje tan real. Tan vivo. Tan irresistible. Volvió a embadurnarlo, esta vez con mucha rabia, con la tibia esperanza de que ese ungüento por fin lograra desalojar al intruso de su rostro. Pero vanos fueron los intentos de cuanto dermatólogo consultara su madre, e interminables las cargadas de sus compañeros de curso de quinto año; que le atormentaban con burlas cotidianas.

Cierto día, su madre alarmada consulto al médico de la familia. Hondamente preocupada, ya que su hijo había enfermado de manera repentina de una fiebre atroz que lo devoraba. Repetía de forma inconsciente, que no iría más a la escuela. El doctor, llegándose hasta el lecho del paciente, lo auscultó con detenimiento; mientras le platicaba cosas triviales. Buscando en ese cuerpo que él conocía desde niño, algún signo que delatara quizás, una enfermedad extraña o desconocida.  Llamándole grandemente la atención, una marca con forma de beso que refulgía en la tez pálida. Una escarlata presencia, misteriosa, subyugante. Un sello con forma de labios, que desesperadamente clamaba por un beso. Una fuerza poderosa contra la cual tuvo que trabar una resistente lucha, para no ser arrastrado a cometer un acto indeseable, en contra de su voluntad…

A los minutos, la madre  angustiada, penetrando al cuarto. Con voz temblorosa, preguntó-¿Cree usted doctorcito, que esto es grave?... ¿hará falta que a mi niño lo internen?

-…Mire señora, no creo que fuera necesario… ¿Pero desde cuando tiene esa mancha en el rostro? ¿Cuándo fue la primera vez que se percató de ella?- Preguntando esto, mientras la miraba con gesto preocupado. Volteando a su paciente de costado, para tomarle la misteriosa fiebre corporal, con un frio termómetro que introdujo en su cavidad anal; palpándole suavemente los testículos, buscando una inflamación producida, tal vez, por unas paperas que se hubieran bajado.

-No quisiera mentirle doctorcito, pero me supongo que fue hace como nueve días, que se lo noté. Después de que volvimos de sepultar a mi tío Rudezindo. No quise preguntarle aquella vez, pues pensé que eran diabluras de alguna noviecita. Usted ve doctor, como son estas chicas modernas; de andar usando esos labiales indelebles, como les llaman ahora. Pero cuando él me contó  que no se lo podía limpiar de la carita con nada, de veras me alarmé, pensando que era culebrilla… ¡Y ahora esto mi Dios!- Dijo la madre, con su voz entrecortada por el llanto.

-¡Bueno querida!, no se me aflija- Dijo el médico, en tono compasivo- Puede que sea una forma extraña de herpes zoster. O algún mal de ojo (…) ¿Yo que usted? Consultaría a una buena curandera. Y si no pasa nada, ahí sí, me lo interno para hacerle un chequeo completo.

-Lo que usted mande será, doctorcito- Dijo, ahora más calmada.

-Cualquier problema que se presente, no dude en llamarme- Dijo él, y tomando su maletín, guardó sus cosas y se marchó simulando una débil sonrisa. Mientras que por dentro una extraña sensación lo abrumaba. ¿Qué raro y sobrenatural poder habitaba en aquella mancha roja?  Casi fue arrastrado por ese magnético influjo, a cometer una locura. El, que era un sobrio y respetado galeno, una institución, dirían sus vecinos del pueblo- “Debo estar delirando”- Pensó, mientras reprendía a sus propias y alborotadas emociones- “Lo que me hace falta es conseguir una buena esposa y una gran copa de vino…eso es, una gran copa de vino es lo que necesito”- Dando su espigada figura, largos y elegantes pasos rumbo a su domicilio.

Al otro día, por expreso pedido de una querida tía de Marcelito. Se presentó en el domicilio de éste, la curandera más famosa de Traslasierra. La vieja, luego de las correspondientes presentaciones, se llegó hasta el lecho del convaleciente. Lanzándole cientos de miradas radiográficas con sus ojos constreñidos, esforzándose, tratando de ver en el éter que rodeaba aquella habitación; cosas que un simple mortal no adivinaría nunca. Luego de examinar con sus “videncias” todo ese derredor, se le acercó amable y confiada al joven, que prendido y tiritando de miedo no soltaba la mano de su madre. Pues le causaba al mozuelo horrenda impresión aquella anciana con cara de lechuza.

Después la vieja entró como en una especie de trance hipnótico, los ojos vueltos hacia atrás, blancos e inyectados de nerviecillos rojosangre. Por momentos, parecía que la bruja discutía con una especie de ente invisible. Y su rostro de pájaro dibujaba espantosas muecas, y su boca desdentada profería a lo invisible conjuros  y amenazas de todo calibre. Luego se hincaba besando un gran crucifico que llevaba colgado de su apergaminado cuello, como pidiéndole protección. Entonces con los ojos cerrados, respirando agitadamente, le pasaba por el cuerpo del joven sus manos sarmentosas untadas en una pócima secreta. Mientras éste, temblaba cual una hoja estremecida por fuerzas extrañas. Y el beso en su mejilla refulgía con tanta ansia, palpitante, como si estuviera a punto de desprenderse de la suave piel que lo contenía.

La madre, con una mano aferraba la de su hijo y con la otra estrujaba hasta casi deshacer, una estampita de San Cipriano.

Por la ventana penetró un viento siniestro y frio. Los cuadros en las paredes oscilaban buscando equilibrio. Un chorro de orín hediondo vertió contra su voluntad el cuerpo de la anciana. Un olor nauseabundo irrumpió con furia, desmayando a la madre, su hijo y la bruja.

A los minutos cesó todo. El viento helado se marchó. Los cuadros encontraron su calma. El joven volvió de ese desmayo, como alguien que regresa de un largo y placentero sueño. No había miedo en su alma, la paz  descendía como una corriente de frescura desde la crisma hasta su pubis. Gozosamente eyaculó sin vergüenza, protegido y ocultado por las cobijas. Todavía sentía  el peso de la doncella sobre sus muslos, esa lengua ardiente que se hundía en su paladar buscando un beso prohibido; su sexo húmedo cual una caverna tropical que reptaba sobre su pene, devorándolo. El joven nunca había tenido un sueño así. Tan caliente. Tan real. Tan fantástico. En sus orejas aún enrojecidas por la pasión, la fantasmagórica doncella le reveló su nombre:

- “Desideria /Desideria”

La bruja despertada de su letargo, acomodándose los húmedos faldones, sentenció:

- ¡Esto es gualicho Mija! ¡Paye de mandinga!- Y mirando a la madre con seño fruncido y severo, dijo- Alguna vampira astral difunta, le ha causado el rubor a tu muchacho- Agregando, mientras se disponía a irse- Si no se lo corta pronto, puede ser mortal. Si la vampira le roba toda la naturaleza al niño, este puede quedar loco o novillo (estéril)

La madre, aterrorizada por la profecía, exclamó- ¡Dios y usted doña Fidelícia no lo permitirán!- Y arrodillándose delante de los faldones hediondos, le suplicaba:

- ¡Sálvemelo, sálvemelo!

-Bueno hijita, si está decidida a salvar a su niño, consígame un caballo blanco puro, sin ninguna mancha. Tiene que ser inmaculado como una nube del cielo. El domingo por la tarde, antes de que den la última campanada; nos encontraremos en el cementerio. Y no se olvide de traérmelo al niño- Hablando en tono serio, libre de dudas en sus palabras; dándose a entender con gestos, más que con vocabulario. Como sólo podría hacerlo una sabia y octogenaria bruja de las serranías de Villa Dolores.

Cuando llegó aquel domingo, y la oxidada campana dio el penúltimo tañido. La bruja, cautamente ingresó al camposanto por un portón lateral que daba a una calle desierta; secundada por la madre del joven, y este montado completamente desnudo, en el inmaculado caballo blanco que un vecino les había facilitado.

La anciana, tomando las riendas que sujetaban al animal, entró  en uno de sus frecuentes trances. Y ordenó a su pequeño sequito de acompañantes, que el ritual del exorcismo había dado comienzo.

El caballo y su jinete fueron conducidos a paso de tortuga por todo un sector de blancos sepulcros. Muchos de ellos, sin cruces ni epitafios, en los cuales la bruja había presentido al ente maligno. Donde la bestia y su jinete desnudo se detuvieran, sin poder dar un paso más. Allí deberían cavar los ayudantes para dar con la vampira.

Luego de cabalgar en forma de zigzag casi erráticamente, cuando la desazón se dibujaba en todos los rostros. El caballo de forma súbita, se libró de las riendas que le sujetaban y galopó con su preciado jinete, rumbo a un sepulcro que se hallaba en un rincón brumoso y solitario. Como si respondiera al llamado de fuerzas extrañas, clavando herraduras en aquel sitio; mientras el mozuelo sentía que el ardor en su mejilla ahora descendía por todo su cuerpo, en intermitentes oleadas de placer extremo, que él relacionó con aquel sueño que tuvo cuando fue su primera vez…

Ya no tuvo miedo su corazón. La tarde se arrullaba con miles de pájaros que buscaban su reposo, antes de que las tinieblas lo rodearan todo. Descendiendo de su caballo, respondiendo a ese llamado, con su pene todavía endurecido. Se arrodilló ante el epitafio y su mirada embelesada leyó en aquel acróstico tallado en el frio mármol, ese nombre que un lujurioso sueño le canto en sus oídos.

Dos

Enamorados

Siempre

Intentaran

Desatar

Enconos

Rivalidades

Invencibles

Amaran.

 

El acróstico tallado en la lapida, decía su nombre. Un poderoso viento se presentó y rodeó al muchacho, acariciándole el cuerpo con miles de alas invisibles. Una bellísima muchacha surgió de esa nube de viento fantasmagórica, y buscó su paz en esa desnudez masculina. Como si le conociera de toda la vida, le besó apasionadamente los labios con un frenesí alocado. Como alguien que vera por última vez ponerse el sol o esconderse la luna.

Los horrorizados espectadores, bruja, madre y acompañantes, no daban crédito a lo que sus ojos veían; sólo atinaban a rezar ininteligibles oraciones sabidas de memoria y apretaban hasta casi deshacerlas a sus estampitas de Santos Protectores.

Luego la bella miró a sus alrededores la blancura de los sepulcros que ya la cegaban. Y le dijo a su amante unas palabras secretas. Después apretó sus labios carnosos de fuego carmesí en la tez pálida y le robó aquel beso que muchos habían interpretado malamente.

Cuando por fin cayó el sol, un camposanto desolado gimió por su pérdida; un deseo cumplimentado le había arrebatado su flor más preciada.

 

Meses después, cuando todo era ya recuerdo. Y el beso en la mejilla del mozuelo una anécdota que se platicaba en los recreos y los pasillos de la escuela. Su madre intrigada, un buen día se animó a preguntarle-… ¿Decime hijito, que es lo que te dijo al oído la finadita, aquella vez en el cementerio?

El joven, dando un fuerte suspiro, como si se fuera a quitar un peso enorme, le contestó:

-Desideria me dijo, que había muerto ansiando un beso que jamás en vida le dieron. Pues su padre le negó novio y boda, haciéndola asesinar con uno de sus sicarios, el día anterior a su casamiento. Y que la única manera de liberar a su atormentada alma de aquella cruel ansia, era consumando su beso con un hombre virginal y puro.

publicado por ismaelpepe a las 13:17 · Sin comentarios  ·  Recomendar
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