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bitacora de ismael clavero
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18 de Marzo, 2013 · General

"Los Hijos de Lázaro" fragmento de novela: autor, Ismael Clavero


 

Capitulo Nº 2:

“La casa de los tres seis, la primera telaraña”

 

El treinta de febrero llegamos  con Letizia al pueblo de Capilla del Monte, dispuestos a instalarnos por un mes en una hermosa cabaña de veraneo. La que poseía una preciosa piscina con palmeras y grandes árboles en sus alrededores. Lo único que me dio mala espina, fue toparme en una de las esquinas sombrías del amplio parque, con un majestuoso árbol de nogal totalmente seco y muerto. Y me dije para mis adentros “Por qué no lo habrán trozado para hacerlo  leña para el invierno”. Pues yo sabía que en esta zona los inviernos suelen ser muy rigurosos, en especial cuando nieva o garrotilla.

Antes de abandonar  nuestra casa en Córdoba capital, chequee toda la valijita de primeros auxilios, porque soy meticuloso al extremo: Los calmantes, las jeringas, (desde que ella enfermó, me convertí en su enfermero) las pastillas y las drogas oncológicas. También traje un frasco de plasma y lo guardé en la heladera. Espero no necesitarlo.

A la tarde salí a caminar solo por el pueblo, tratando de cobijar toda la tristeza de mi alma en aquella belleza perenne que me circundaba. Letizia se sentía un poco descompuesta y se quedó a descansar. Los efectos de la radioterapia han surtido devastadoras consecuencias en su estado de ánimo. Ella que siempre fue una gacela briosa llena de energías que corría de un lado para el otro de la casa, supervisándolo todo, realizando miles de tareas domesticas. Ahora se apagaba lentamente. Ese sol radiante que jugó entre mis manos y se apoderaba sin permiso de mi cuerpo. Languidecía cual una mortecina estrellita en la noche de mis pesares…

El secretario de Doña Yolanda, la curandera, me había otorgado reticente (pues la agenda de la brasilera estaba colmada) un turno por teléfono para mañana bien temprano; después de hacerle un largo chamuyo que lo convenció, invocando a los amigos que nos habían enviado a ellos, unos delirantes seguidores de la secta afro brasilera kimbanda. Pero como soy un tipo ansioso, esa tarde me fui a conocer de antemano el territorio de “esos brasileiros”

-La paciente debe venirse en ayunas, los cabellos  recién lavados y el estomago vació- Me dice la vieja curandera con hosquedad, asomando apenas su rostro oscuro por una ventanita corrediza. Y  por dentro rió de la mujer con ojos de gata y cuello de tortuga centenaria. Un incrédulo total como yo, buscando viejas manochantas y embaucadoras. Pero me freno e imito gravedad y compostura. Mi esposa necesita tener a su alcance todos los medios posibles de sanación, si no es con esta bruja, probaremos con otras y otras y otras; hasta el infinito. “Hasta que te sanes amor mío.” La mujer cara de iguanodonte  sigue con su rosario de pedidos: Una vela de San Cipriano autentificada de Brasil. Aceite de la suerte de Santa Mesalina. Polvo de alas de lechuza y una cola de quirquincho momificada... Por momentos pienso que la curandera me pedirá, para hacérmelas más difícil, un dedo de la momia de Tutankamon, una trenza de la reina de Saba, y la escupidera de San Basilio.

 

Esa misma tarde recorrí todos los negocios del pueblo, (pintorescos lugares donde se dan cita desde maestros zen, hippies, astrólogos, hasta gente que desea ser abducida por el capitán Ashtar Sheram y su  platillo volador) buscando el encargo de la “señora Yolanda”.

Con las piernas casi tullidas por un calambre tenaz, me zambullí en una tiendita bizarra esquivando enmarañados colgantes de campanitas feng shui, ristras de ajos de la buena suerte y atrapa sueños delirantes con plumas de caburé etéreas; donde una bella jovencita de aproximadamente veintipico de años, me sale al encuentro emergiendo con soltura detrás de un mostrador atiborrado  de yuyos e imágenes de santos tallados en inimaginables materiales. La fuerte fragancia de hierbas y flores disecadas me levantaron el ánimo al instante. No disimula su risa cuando le hago mi pedido. Y acomodándose los enormes senos que pugnan por escaparse de su exigua blusa, dice:

-Lo de San Cipriano y  Santa Mesalina lo tengo- Mientras escarba en una caja polvorienta que toma de un estante fabricado con cañas rusticas. Pero lo que no me queda en claro es lo del polvo de alas de lechuza. Aquí es una especie protegida. ¿Quién le recetó eso?

-Doña Yolanda- digo sin pensarlo.

-¿La de calle Uritorco?... ¿Esa casita horrible de color verde?- Pregunta intrigada la joven.

-Sí, esa misma. La del nº 666 ¿Por? ¿La conoce usted?

-¿…Quién se la recomendó? Por lo qué veo, usted no es de la zona.

-No, vengo de Córdoba capital. Trabajo en el periódico “La verdad del Pueblo” Soy periodista.- Contestó brusco. Molesto por su soltura y curiosidad pueblerina, de la que tantas veces los despiadados reporteros como yo, sabemos sacar provecho.

-¡Ho que pena!- Contesta con un mohín de chiquilina-Yo pensé que era fotógrafo de la revista Enigmas. Muero por que me fotografíen…- Dice ella con  sensualidad impostada, acomodándose un fastidioso mechón de cabello que juega a ocultar la brillantes de sus preciosos ojos acechadores, humedeciéndose los labios con su rosada lengua. Mientras yo mal pienso, como un machista recalcitrante que no tolera la avanzada de una hembra decidida. “Creo que una foto desnuda en Play Boy es lo único que te saldría bien”…

-¿Qué me decía usted de doña Yolanda?- vuelvo a interrogar, cambiándole de tema. Pues pienso que la joven y yo nos estamos yendo al carajo.

-Que es una vieja…un tanto turuleca, digamos. Le chifla el moño. ¿Entiende?- Dice, lanzándome otra mirada inquisidora, como si quisiera desnudarme con sus ojos de tigra. Y deseara que le contara todas mis intimidades más pecaminosas y recónditas, para sentirse plenamente satisfecha en su “curiosidad femenina.”

Y como yo la miro incrédulo, vuelve a decirme- Para que le quede en claro. Mucha gente de por aquí sostienen que ella es pura farsa, una engatusadora que se dedica a sacarles el dinero a los turistas… ¡Recetarle polvo de lechuzas, faltaba más! Con lo que quieren la gente de Capilla a esos pajaritos.- Y la piel blanca lechosa del rostro se le abochornó momentáneamente, y las manos se le crisparon nerviosas. Como si con sus palabras estuviera injuriando al mismo demonio y temiera ser presa de alguna maldición.

-Pajarracos señorita, pajarracos.- Corrijo irónico, valiéndome de su debilidad momentánea. Enfadado porque esta yuyera chismosa a puesto en evidencia mis fundadas sospechas en torno a estos supuestos milagreros, de quienes no les creo ni el bendito. Pero me he prometido internamente, que tocaría toda puerta que sea necesaria tocar con tal de salvar a mi esposa de su terrible mal. Recapacito, antes de darles un portazo a esta vendedora de pacotilla y su pueblo de santeros.

-¡Pajarito o pajarraco me da lo mismo! Para mi son lechucitas y nada más- Dice tajante, haciéndose la ofendida, toda trompas y pucheros.

-No señorita- Y me sale el histrionismo de adentro- Pajarito es lo que llevo entre las piernas, y pajarraco es el otro.

-¿Qué insinúa usted con eso de pajarito, Señor?- Dice, apuñalándome con una terrible mirada de hembra en celo.

-¡Que pajarito viene de pajonal! Lo que en sus cerros abunda señorita- Y poniéndome serio, cortando abrupto esta charla. Digo- ¿Me podría indicar donde conseguir la cola de quirquincho?

-…En la próxima esquina, en la casa “Regionales Humberto” tienen llaveros de colitas de quirquincho... ¡pobrecitos!- Contesta, haciéndose la lastimosa. Volviendo a acomodarse su remera vencida por esos monumentales senos.

Recibo el paquete que ella ceremoniosamente pone en mis manos sudorosas, mientras busca con sus ojos chispeantes tomar contacto visual conmigo. Bajo la mirada y huyo al llamado de mi carne sublevada que a gritos quiere arrojarme en su piel tan tersa y lasciva, pues temo convertirme a estas alturas de mi vida en un don Juan infiel. Le pago con cien pesos y me retiro del lugar con un seco “chau.” Una molesta puerta con campanillas anuncia mi partida.

 

¿Por qué tendré  tanta facilidad para pleitear con las mujeres? Me digo reprochándome por dentro. Mientras escucho por los auriculares de mi celular una dulce canción de Richard Marx “extrañándote.” Pensando que solamente Letizia ha sido la única de su “especie” que siempre trajo paz a mi alma. Y el corazón se me cubre con el velo de una extraña melancolía, tal vez pensando qué llegaría a ser de mi vida si ella me faltara.

 

 

publicado por ismaelpepe a las 19:05 · Sin comentarios  ·  Recomendar
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