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14 de Abril, 2010 · General

La casa del bien perdido


La casa del bien perdido”: Cuento perteneciente al libro del mismo nombre.

Autor: Ismael Clavero.

Dice una antigua leyenda, que una vez la diosa Muerte quiso tener un hijo. Y en pos de su cometido, se convirtió en una bella y espectral muchacha, que se paseaba todas las noches arrastrando su negro y larguísimo vestido en las adyacencias del cementerio; buscando un amante que la empreñara. Cuando por fin logro su anhelado cometido, quedándose encinta. Nueve lunas después concibió un regordete, pelirrojo y hambriento bebe. Descubriendo para frustración de su maternal instinto, que sus secas ubres no proporcionarían ni una gota de leche a su niño. Hacía centurias que la diosa no amamantaba, es más, ella no podía recordar si hubo alguna vez que su esquelético pecho poseyera pezones. Pero como estaba decidida a no dejar perecer a su hijito, se le ocurrió la fantástica idea de hallarle nodrizas entre las muertas recién llegadas a su territorio. Era común por esos años, que jóvenes madres perecieran con las ubres hinchadas de tanta leche, fulminadas en la plenitud de sus vidas por el carbunclo o la tuberculosis.

La diosa, luego de acechar  por largas horas a que los dolientes se retirasen de la capilla mortuoria; presurosa se abalanzaba a profanar el ataúd, con el niño entre sus brazos que berreaba de hambre. Y cuando la diosa contemplaba llena de arrobo a su hijito mamando esa fría teta, se sentía la madre más dichosa del mundo.

En las plateadas noches de luna nueva, si alguien mira con detenimiento el camposanto. Podrá observar con asombro, a un niño que retoza entre cruces y blancos sepulcros; custodiado por una espectral figura de mujer…

 

Querido diario: hoy tengo una extraordinaria noticia que comunicarte. Es un sentimiento nuevo que ha invadido mi corazón, como si en él tuviera pequeñas hormigas haciéndome cosquillas o como si el pecho se me hubiera ahuecado y en su lugar me hayan puesto una jaula con miles de pájaros que me cantan por dentro.

Siento que recién ahora estoy viviendo de verdad, que este sol me pertenece y estas perfumadas flores han despertado para mis ojos… No sé como decírtelo, quizás no    halle las palabras justas para confesarte que; me he enamorado.

¡Sí amigo mío! lo que nunca soñé pueda ser posible a sucedido. Tú siempre supiste de mis dificultades para aproximarme a las chicas. Esa maldita timidez que me robó tantos años de mi vida. Ya sé que un hombre de cuarenta años no puede sentirse como un adolescente; pero amigo, es exactamente como me siento hoy.  ¡Quiero saltar, brincar, retozar cual un cervatillo! Agotar las aguas de las vertientes. Inflar hasta casi reventarme los pulmones, para aspirarle todo el perfume de su cuerpo. Realmente es una muchacha divina. Tiene la mirada de un celeste más bello que todo este cielo y su cabello…Su cabello castaño claro se escurre como trigo entre mis dedos. No creas que es una de aquellas tantas rameras que pasaron por mi cama, dejándome los bolsillos secos y el corazón vacio.

Ella es distinta a todas esas aventureras caza fortunas de las cuales supe contarte en detalle. Esta tarde nos miramos por primera vez a los ojos y fuimos flechados por el pequeño ángel Cupido. Fue en la revistera del “Gallito” mientras yo buscaba el último número de Dârtagnan y ella escarbaba una pila de Corín Tellado. Audazmente tomó la iniciativa al ver que mis intentos por saludarla terminaron en un tartamudeo ininteligible. Me invitó a tomar una Prity en el barcito que tiene las mesas sobre los senderos de la plaza Mitre. Y de allí nos fuimos caminando hasta su casa donde vivía sola (sus padres habían fallecido hacía un año en trágico accidente en la zona de las Altas Cumbres) Después, arrebatándome una mano con pasión la posó en sus senos túrgidos y se los friccionó con ésta. Podrás imaginarte lo que pasó más luego, cuando nos fuimos a su dormitorio. Al penetrarla descubrí su preciosa virginidad y entonces supe que lo nuestro seria un amor por siempre.

 

En el barrio todos sabían que él era un consuetudinario mentiroso. Por eso cuando les conto a unas vecinas de que estaba a punto de casarse con una muchacha de veintitrés años, bellísima, de buena familia y culta. Las sorprendidas mujeres lanzaron la carcajada, gritándole a coro-¡Alábate cola, que no hay quien te ola!- y desternilladas de risa se alejaron del loco harapiento. El se acurruco contra un árbol en la vereda, y yo le quede mirando por largo rato. Su pelo ya estaba completamente encanecido y su larga barba pedía a gritos una afeitada. Mi abuela me había enseñado a compadecerme de estos pobres linyeras, diciéndome- “Da de comer al hambriento y beber al sediento, porque el que tiene mañana se le acabara; y el que no tiene mañana príncipe en el cielo será”

Después compasivamente me senté a su lado, soportando estoicamente el hedor nauseabundo que despedía su vestimenta. Tal vez para que por mi intermedio, evitar al pobre loco una andanada de piedras, que otros niños terribles del barrio le arrojarían sin piedad. Con la mirada fija en el suelo, me dijo- Yo sé que estas chusmas no me creen, pero es cierto. Lo tengo todo anotado en mi diario, y lo que escribo en mi diario siempre me pasa. Léalo usted mocito- Y con su mano cascaruda de mugre me extendió un impecable diario personal, donde anotaba meticulosamente los días de su existencia. Lo que me sorprendió aquella vez en esa vereda, fue encontrarme de personaje en su diario. Como un clarividente ciego, que no distingue la realidad de la fantasía. Había escrito en una de sus páginas, mi futuro alejamiento del pueblo. Los años dieron la razón a esa profecía que en aquella época no creí. También decían esas páginas, que en un futuro no muy lejano, yo evocaría con mi pluma su ermitaña vida. Sin más compañero para sus noches desoladas, frías, durmiendo cubierto con cartones, que su amado diario de personajes imaginarios. Por eso cuando murió yo no sentí culpa, le había ofrendado lo poco que un niño puede llegar a ofrecer: un plato de sopa tibia o una rebanada de pan casero con dulce de higos, todas manufacturas de mi adorada abuela.

 

Querido diario: hoy he compartido nuestro secreto con un pequeño amigo. El sabe de mi próxima boda y lo ha creído. Contrariando a todos esos incrédulos que se han mofado de mí romance. Creo que el pequeño y su abuela serán los únicos del pueblo que invitare a mi fiesta de bodas. Con tu inapreciable ayuda me conseguiré el más suntuoso traje. Y para mi amada le haré bordar un vestido con perlas y zafiros que harán empalidecer a ese que uso la bella Durmiente. Quiero que esa noche de la fiesta sea esplendida, victoriosa. Que toda la chusma nos vea pasar en nuestro carruaje de oro, y se les retuerzan los ojos por tanto brillo y envidia. Los vinos y los champanes los hare traer directamente de Francia. Y los tulipanes y suvenires que adornaran la capilla, desde Holanda. Lo único que compraré en este pueblo será la carne para asar de la carnicería “don Lincho” abuelo de mi amiguito ¡Quiero fuegos artificiales de Hong Kong, candelabros Hebreos y alfombras de Persia! ¡Quiero todo diario mío! Todo. Que nada le falte a mi amada para que no se empañe su alegría. Que sólo en sus sienes descansen mis besos de noche y de día…

¡Ah! me olvidaba. Que no falten en nuestro lecho las sabanas de raso y los edredones rellenos con plumas de faisanes, que sean de las plumas más caras que se puedan comprar en el mundo. Para que mi tierna esposa descanse su precioso cuerpo sin tener molestia alguna; que sólo la preocupe sostener el deseado peso de mi falo. Que no tenga más sueños más que conmigo; que solo yo le quepa en sus pensares, en sus suspiros. En sus tiernas palabras.

Amigo, sé que no te pido el cielo, pues al cielo si pudieras me lo otorgarías. Aunque yo me conforme con estas pequeñeces, que estoy seguro por tu gracia me darás.

 

La mañana que lo encontraron muerto, yo y mi abuela corrimos a darle el último adiós. El pobre estaba tendido boca arriba con una mueca de felicidad inmensa, sus ojos aún abiertos denotaban cierto brillo; como si solamente él pudiera ver cosas hermosas que nuestras torpes pupilas no divisaban. Pensé que tal vez su alma estuviera celebrando, en aquel lejano palacio del cual siempre me hablaba; una fastuosa boda con su amada princesa. De sus manos agarrotadas robé su preciado tesoro, el diario donde el pobre loco imaginaba su otra vida feliz.

Después de haberlo velado y sepultado como buen cristiano, yo regresé a encerrarme en mi cuarto; para darle una veloz hojeada a ese mágico diario. Cuál no sería mi sorpresa, cuando al pasar página tras página lo encontré vacio. Ni una puta silaba pude ver escrita en todo su voluminoso tamaño.

Cuando le consulté a mi abuela, por ese extraño chasco que me había acontecido. Ella, mirándome con severidad, me aleccionó- “Usted nietito debe saber que es pecado quedarse con bienes que a un muerto han pertenecido. Lo correcto deberá ser, que usted le rece al finado pidiéndole su perdón. Y en acto de contrición devolverle en su tumba, ese anotador diario”.

Así lo hice aquel mismo día, con un poco de pesar de mi parte, pues me hubiera gustado quedármelo. Pero total no me importaba nada, era solamente un diario en blanco; un bien perdido que el finado tal vez pudiera necesitar en su otra vida.

 

Querido diario: hoy he soñado un sueño increíble. Si se lo contara a mi esposa no lo creería. Soñé que era un pobre linyera que pedía limosna por las calles de un pueblo desconocido. Los niños de ese lugar me trataban malamente, burlándose de mis harapos y de mi persona; un sueño horrible. Lo único bueno que rescate de él, es la amistad que me unía a un niño, quien todos los días me convidaba con un plato de sopa y un trozo de pan casero que elaboraba su abuela; era una buena persona el pequeño. Quisiera poder haberle conocido de verdad. También te soñé a ti querido amigo, firme al lado mío; yo con mi bolígrafo y tú con el mágico poder de siempre. Los otros días, te contaré, tuve un leve altercado con la Reina (mi esposa) Fue por causa de ti. Ella deseaba que yo te cediera en préstamo a uno de los pobres mendigos de allá afuera, pasando los extramuros del palacio Real. El pobre linyera se le prendió de las faldas cuando ella visitaba a unos menesterosos, suplicándole-

“¡Su Alteza, os ruego! tengáis bien en decirle a tu esposo, el Rey. Que me ceda en calidad de préstamo su diario personal. Es solamente por un corto tiempo, lo que tarda la vida de un hombre en la tierra; al regresar de allá os lo devolvería”

Creo estimado amigo, que ese pobre infeliz te merece tanto como yo. Una vez me diste gran ayuda, y siempre lo recuerdo. Nos separaremos por unas breves vacaciones, por lo que tarde ese pobre en hallar su bien perdido. Yo una vez estuve triste, tú lo sabes fiel amigo. Pero no hay desdicha que dure más de cien años; espero que ese hombre haga buen uso de tu poder.

 

Dice la antigua leyenda, que cuando el niño se convirtió en hombre. Dejó de ser hijo de las muertas y de la Muerte. Como atraído por ese subyugante poder de lo vivo, se arrojó en el torrente de esta vida transformándose en un pobre linyera.

Antes de abandonar definitivamente el camposanto, su madre consternada de pena lo besó por última vez en la frente. Luego extrajo de sus negras túnicas un diario de anotes con hojas en blanco y le dijo que: Pasara lo que tuviera que pasar, de ese diario no se desprendiera nunca; pues sólo a través de su mágico poder, él podría hallar el sendero que lo conduciría de regreso a casa. La casa del bien perdido.

 

publicado por ismaelpepe a las 18:56 · Sin comentarios  ·  Recomendar
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